LA TRISTEZA EN LA LITERATURA EUROPEA DE AYER Y DE HOY

    Nota: Este ensayo que aquí publico, lo escribió mi papá, en 1993. Evidencia desde el principio un profundísimo conocimiento de la Literatura Universal, desde los remotos clásicos y a través de los siglos, hasta hoy. La clara forma en que discurre asombra. Era una de sus características. La sencillez que engrandece al sabio se asoma en cada párrafo; en cada explicación. Ensayo literario al fin, tiene rigor académico, pero deja ver con claridad al humanista, al hombre bueno, al hombre de fe. Fe probada y expuesta a los rigores de la ciencia que entendía, de la filosofía que dominaba, y de la vida que gozaba. Ejemplo de vida fue siempre y en todo. El texto es magnífico, y habla de lo que hoy ya no se habla: de literatura, su pasión. Lo transcribo tal cual, empezando por la dedicatoria. Va…

 

A mi esposa y

a mis hijos por

quiénes soy feliz.

LA TRISTEZA EN LA LITERATURA OCCIDENTAL CONTEMPORÁNEA

                                                                         La tristeza del hombre es más vieja que el diluvio.

 

 

   En el panorama de la literatura occidental, desde la Ilíada, la primera creación poética de Europa, (se cree que los poemas homéricos datan del siglo VIII o IX antes de J.C.); hasta nuestros días, la tónica o común denominador es la “tristeza”.

   Lo que aquí constatamos tiene solo el valor de una inducción incompleta: La tristeza en los griegos clásicos de antes de C. y, dando un gran salto, desde Rousseau, hasta nuestros días.

   Al fin y al cabo que la tristeza de antes de Cristo es la misma que la de hoy. Porque el hombre no da saltos, siempre es el mismo y es el hombre el único ser que intelectualmente se pone triste.

   Quiero añadir como dato curioso el significado onomatopéyico de la palabra “tristeza”:

tris: el sonido que hace el cristal al caer y romperse.

teza: cara, faz, tez.

   Cuando estamos tristes se nos rompe la tez, se nos arruga la cara.

   Leopoldo alas (Clarín) entre otros, lo había observado: “¿Por qué será que apenas hay libro moderno que no nos deje tristeza?”

   Puchkine, el maestro y protector de Gogol dijo al leer su cuento El abrigo:  “¡Dios mío, qué triste es nuestra Rusia!”.

   Tolstoy añade: “Toda la novela rusa ha salido de El abrigo, de Gogol”.

   El protagonista es un pobre diablo de empleado de gobierno, que tiene solo un ideal: llegar a tener un abrigo nuevo. Cuando lo adquiere con miles de sacrificios, en un atraco lo pierde. En la policía se burlan de él, y cae en tan negra melancolía que sucumbe a poco.

   Así desde la Ilíada, que no sólo es la historia de una campaña, sino un cuadro de vida admirable, la tristeza se ha instalado en casi toda la literatura occidental.

   Se dice que la Historia es la maestra de la vida, pero la Historia según el testigo que la narre, (ocular o auricular) puede falsearla por el subjetivismo, por los estereotipos o por los intereses creados: no así la literatura que, para que sea buena, tiene que crear personajes al menos verosímiles.

   La literatura es una de las Bellas Artes y toda obra de arte debe ser una imitación de la realidad.

   Una estatua imita a un hombre, una pintura una realidad, un drama, una novela, tratan de imitar caracteres, acciones, palabras reales.

   Cuando falta la imitación de la realidad decimos: no es así como se pinta un tronco. Jamás un hombre, una mujer, una novia ha pensado, sentido o actuado como tú supones.

   El arte imita la realidad de la naturaleza de la mejor  manera posible.

   El arte literario crea personajes inexistentes, pero más reales que los existentes.

   La tristeza es una realidad y ¿Qué es la tristeza?: El mal que se padece: El sufrimiento: el mal que se hace: El pecado.

   ¿Qué es el mal?: La guerra, la enfermedad, el egoísmo, la muerte.

   El mayor mal que existe en el mundo: Hacer daño a los demás.

   El mal existe. ¿De dónde proviene? ¿De mí? ¿De los otros? ¿De Dios?

   Lo afirmo y estoy dispuesto a discutirlo con cualquiera: La mayor parte de los sufrimientos proviene de los hombres. Lo que se reprocha a Dios es, las más de las veces, un acto de los hombres contra otros hombres y también contra Dios.

   Hago la aclaración que no digo TODOS los sufrimientos, sino que la gran MAYORÍA.

   En 1912 el “Titanic” naufragó. Era el barco más hermoso de todos los tiempos, 1600 personas se ahogaron. El “Titanic” chocó contra un <iceberg>, es decir, con una montaña de hielo que flotaba a la deriva.

   ¿Por qué? Para batir el record de velocidad en la travesía Eurpoa-América. El “Titanic” tomó una ruta desusada, más corta, pero más peligrosa, precisamente a causa de estas islas de hielo flotantes.

   ¿Ambición? ¿Orgullo? Nótese que el mismo nombre “Titanic” parecía mostrar la soberbia de los hombres y que al ser botado se dijo: “este barco ni Dios lo hunde”.

   En 1992 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, explotan las alcantarillas cargadas de gasolina causando enromes destrozos y muertes. ¿No habrá que acusar a la negligencia de los hombres?

 

EL PRIMER LLANTO DEL PUEBLO

 

                                                                   La tristeza homérica

 

 

   Por primera vez aparece la tristeza en la literatura europea.

   En la voz del pueblo, en la representación de todos los pueblos del mundo.

   Ya sabemos que la voz del pueblo es la voz de Dios, la voz del Sabio, la voz del sentido común, que se oye en el canto XI de la Ilíada.

   La guerra de Troya, como todas las guerras que ha habido en el mundo, tenía que ser absurda, ilógica, y cuna de la corrupción gubernamental, que siempre tiene que soportar el pueblo.

   Así pinta Homero a Tersites representante de la voz del pueblo:

   Tersites, dice, es “el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de pie; sus hombros encorvados se contraían sobre el pecho y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta con rala cabellera”.

   Demos un gran salto hasta 1842 y veamos como pintó Gogol al protagonista del “el Abrigo”:

   “En cierto departamento (gubernamental) servía un “funcionario”. Huelga decir que no era muy distinguido: bajo, algo pelirrojo y un poco corto de vista, con una pequeña calva, mejillas arrugadas y un color en el rostro que solemos asociar con las hemorroides”.

   Luis XVI en 1788, resumió esta pintura homérica en tres palabras: “Viva el pueblo, pero que feo huele”.

   “A Tersites, apunta Homero, aborrecíale de un modo especial Aquiles y Odiseo (Ulises) a quienes Tersites zahería y dando estridentes voces insultaba al divino Agamenón y por más que los griegos se indignaban e irritaban mucho contra él, seguía increpándole a voz en grito.

   Los insultos de Tersites a los poderosos de este mundo, recuerdan el grito de la bella Inés, a la pregunta de Don Pedro de Alarcón:

-Mujer, ¿Qué quieres?

-¡Justicia, jueces! ¡Justicia, Señor! (1)

   Estos eran los grandes insultos que decía la voz del pueblo:

-“Agamenón, ¿de qué te quejas o de que careces? Tus tiendas están repletas de bronce y tienes muchas y escogidas mujeres que los griegos te ofrecemos antes que a nadie, cuando tomamos una ciudad. ¿Necesitas más oro de los Troyanos; o por ventura una joven más con quien goces del amor y que tú solo poseas? ¡No es justo que siendo el jefe nos ocasiones tantos males a los griegos!

   Tersites, la sabia y justa voz del pueblo, entendía claramente que los reyes: Menelao, Agamenón, Aquiles, Ulises hacían la guerra por negocio, para despojar a los Troyanos de su oro, sus caballos árabes (2) de pura sangre y de todas sus mujeres, y que al pueblo (soldado raso, como Tersites) sólo le tocaba un triste rancho de ajos y cebollas y, a manudo, la muerte.

   Por eso, Tersites les gritaba a sus compañeros de milicia:

- “Volvamos a la Patria y dejémosle aquí (a Menelao, el rey) para que devore su botín”.

   Tales palabras dijo Tersites zahiriendo a Agamenón, pastor de hombres.

   El divino Odiseo (Ulises) se detuvo a su lado y mirándole con torva faz, le increpó duramente:

   “Tersites, hablador, aunque seas orador fecundo calla y no quieras disputar con reyes”.

   La autoridad corrompida que llamamos autoritarismo, asó procede siempre.

   A Sócrates le dijeron ¡Calla!

   A Cristo le dijeron ¡Calla!

   A los doce apóstoles les dijeron ¡Cállense!

   Y como ningún representante del pueblo se calló, la corrupción de los poderosos mató a todos.

   A Tersites no lo mataron, le hicieron lo que se le hace siempre al pueblo que pide justicia: lo hicieron llorar:

- “No tomes en boca a los Reyes, ni los injuries, ni pienses en el regreso, añadió el divino Ulises”.

-“Que me corten la cabeza, si no cumplo, lo que voy a decirte: si vuelvo a encontrarte “delirando” como ahora (para los poderosos el pueblo siempre está loco) te echaré mano, te despojaré  del vestido y todo lo que cubren tus vergüenzas y te enviaré lloroso a las veleras naves, después de castigarte con afrentosos azotes”.

   “Tal dijo, y con el cetro dióle un golpe en la espalda y los hombros”

   “Tersites se encorvó y mientras una gruesa lágrima caía de sus ojos y un cruento cardenal aparecía en sus espaldas… Sentóse turbado y dolorido; miró a todos con aire de simple y se enjugó sus lágrimas”

   Termina Homero: Los poderosos, “aunque afligidos (farsa de aflicción) rieron con gusto”.

   Llorar, esto que siempre le toca al pueblo se ha venido repitiendo en todas y cada una de las guerras que han conflagrado a la humanidad.

   Deshonra, azotes, llanto.

 LA TRILOGIA ALEMANA

                                        

                                             El pesimismo de los intelectuales

 

 

   Presento a Schopenhaüer con el poema de Emilie Carrére:

Viejo Schopenhaüer, doloroso asceta,

siniestro filósofo y amargo poeta,

¿Por qué me dijiste

que el amor es triste, que el bien es incierto

por qué no callaste que el mundo es tan triste

… ¡Aunque sea cierto!

 Yo amé a las mujeres. ¡Oh carne fragante,

Senos en flor, dulce misterio sensual!

¡Yo amaba la gloria divina y radiante

envuelta en un áureo fulgor del ideal!

 Yo amaba la vida,

pero tú dijiste que todo es dolor,

que el amor es carne sensual y podrida,

y ya nunca tuve ni gloria ni amor.

  Y ya por el mundo voy igual que un muerto,

tu voz emponzoña todo lo que existe.

Dime viejo horrible, aunque sea cierto,

¿Por qué no mentiste?

 Agreste filósofo de las negaciones,

yo era soñador y crédulo y fuerte;

tú has roto el encanto de mis ilusiones

y me das la fría verdad de la muerte.

 Dice tu profunda y amarga verdad:

Vivir es dolor y angustia el amor,

¡Triste humanidad!

¡Amar es hacer eterno el dolor!

¡Oh sabiduría, cruel y dolorida,

¡Amor es dolor!

¡Pero sin amor

Qué importa la vida!

 Viejo Schopenhaüer, triste enamorado

de la muerte, ¿Acaso nunca has amado?

¿No lloraste nunca de excelsa emoción,

o es que amaste demasiado y aún sangra tu macerado corazón?

Amargo poeta. ¿Por qué me dijiste

Que el mundo es dolor, que el bien es incierto?

¡ya toda la vida mi alma estará triste!

Dime, horrible viejo, ¿Por qué no mentiste?

   El padre del pesimismo, dice más que eso, dice que la existencia humana oscila como un péndulo entre el dolor y el fastidio.

   Vivir es querer y querer es sufrir; la vida es pues en su esencia un dolor.

   Lo que el hombre llama, en su locura progreso, no es sino la conciencia más íntima y más penetrante de su propia miseria.

   “El amor es un gran criminal, porque al transmitir la vida, inmortaliza el sufrimiento.”

   La semilla de Schopenhaüer germinó en otros países, como en Rusia, con su levadura de renunciamiento y ascetismo.

   Arturo Schopenhaüer dijo al morir: “Desprecio la nación alemana y me avergüenzo de pertenecer a ella”, (era judío alemán).

   Su continuador Hartman, dice: “Lo más razonable sería detener el desarrollo del mundo y lo mejor hubiera sido aniquilarle en el momento de su aparición; y aún mejor que el deseo vago del ser no hubiera turbado el reposo eterno de lo posible”.

   Aconseja el suicidio de toda la humanidad y con esto nos recuerdo al emperador Calígula, el que alimentaba a sus pirañas con carne de esclavos. Quería Calígula que toda la humanidad tuviera una sola cabeza, para cortarla de un solo tajo.

   Federico Nietzche, representa la apoteosis del yo, la exaltación furiosa de la individualidad, en la lucha violentísima contra todo lo que no sea ella misma: sociedad, moral, Dios.

   Federico Nietzche canta en “Así habla Zaratustra” de manera espléndida la muerte de Dios y las consecuencias que ésta produce. Ya el hombre no puede defenderse con vanas hipocresías y tiene que hacerse dueño de su destino. Entonces surge el Superhombre, encarnación perfecta y magnífica de los valores vitales humanos.

   Zatratustra creado en un lúcido momento de Nietzche, resume toda su filosofía.

   “Fuera de eso no hay nada, y antes de eso está la vida de todas las especies, antecedente del momento sublime en que el hombre, llevado por su propio esfuerzo a la categoría de súper hombre, contempla su destino y se conforma con disfrutar su efímero triunfo. Un triunfo conquistado biológicamente, es decir: la lucha de las especies de Darwin”. (3)

   El hombre de todas las épocas no puede estar un minuto sin Dios.

   Durante “El Siglo de las Luces” al quitar de en medio a Dios, surge inmediatamente “La Diosa Naturaleza”.

   Eurípides, al no creer ya en los dioses, hace surgir a Medea la súper mujer que va a tomar venganza por su propia mano.

   ¡Que antiguo es el feminismo!

   Los países que se alejan de Dios, inmediatamente crean un sin número de súper hombres.

   Así que no creer en Dios, es precisamente creer más en Dios, porque no podemos explicar nada sin Dios.

   Los Estados Unidos para poder creer en el súper hombre, tienen que creer primero en la kriptonita, o en la biónica, que son otros tantos nombres de Dios.

   Narra el español, José Luis Martín Vigil en su novela “Un Sexo llamado Débil” que un “club ateo de Nueva York” está esculpido este texto:

                                                                                       DIOS HA MUERTO

                                                                                         Firma: Nietzche.

(copiado del Times)

   Abajo, Paula contestó con otro escrito semejante:

                                                                                         NIETZCHE A MUERTO

                                                                                         Firma: Dios.

Añade: esto es evidente, ¿lo otro también? (4)

   Quiero hacer notar que en esta literatura europea, la tristeza de esta filosofía individualista, no reside sólo en una negra visión de la vida social, sino también en el yermo interior a que condena al hombre, viviendo de su propia luz y girando, como mariposa, en torno de la luz de la llama de su yo solitario, girando en torno a la nada del cosmos, que al fin le abrasa y le aniquila.

   La risa franca y sin reservas es el indicio de una salud física y moral que la sociedad y el arto moderno no poseen.

   Hoy la placidez satisfecha se ha hecho patrimonio del ignorante artesano y del empleado modesto.

   Por eso también, los pueblos como Italia y España, en que el sol ríe y las flores y los pájaros alegran el alma con notas de color, perfume y gorjeos, abandonan el cetro de la literatura, con que durante signos avasallaron al mundo, en poder de los países del norte, cuyas brumas atmosféricas armonizan bien con las brumas espirituales que ensombrecen el pensamiento contemporáneo.

   Por eso, aparte de los clásicos españoles: Cervantes, Lope, Calderón, Tirso, Alarcón quedaron en el olvido: Pereda, Pérez Lujín, Tamayo y Baus y muchos de primer orden; solamente por el gran pecado de creer en Dios, y más, por ser católicos.

 

 EL DOLOR RUSO Y SUS CAUSAS

 

Tristeza de compasión por la miseria que se ve en la

 sociedad.

 

 

 

   Si todas las tristezas del romanticismo para acá se borrasen de pronto, las novelas rusas bastarían para atestiguar el humor sombrío de nuestro tiempo.

   La amargura extraída de la vida misma da una impresión cruel de la realidad exacta sin ningún sacrificio retórico; sin el lirismo llorón del romanticismo, no la efectista y zolesca acumulación de horrores, ni las amañadas, y escandalizantes truculencias baudelerianas, producto del opio, el hachiss y la estragada vida parisién, o el humorismo montmartrés.

   Un rasgo característico del dolor ruso, es el fondo inagotable de piedad “evangélica” por las ajenas desechas y la conformidad y resignación para las propias.

   La tristeza rusa es hija a la vez del medio, de la raza y de la historia, de la organización político social y de la filosófica.

   La inmensa planicie de la estepa nevada o arenosa, bajo un cielo de plomo y un viento glacial dificultan la comunicación y la reconcentración, ¿consecuencia?: Tedio.

   En el conglomerado étnico predomina el elemento eslavo, pasivo y sumiso; un poco céltico, brumoso y soñador; levadura búdica de renunciación fatalista, quietismo perezoso y conformidad con el dolor.

   ¿Configuración física? Una inmensa sabana rural en la que desaparecen y se anegan pocas e insignificantes poblaciones, creadas forzada y artificialmente.

   El campo con sus miserias, rutina, supersticiones y dolores anula a la ciudad.

   ¿Historia? Se abre tardíamente a la civilización y a la fe bajo el caduco Imperio Bizantino.

   Autócrata y Pontífice, como no conocieron las monarquías de occidente, es el Zar.

   Su protagonista suele ser el mujik, prolongación viva de su terruño, igual que el siervo de la gleba en tiempos feudales.

   Las bayonetas de Napoleón llevaron ideas revolucionarias, aceptadas por los rusos: intelectuales exaltados con aspiraciones y febriles sueños de utopía.

   Reparto de tierras entre sus cultivadores; supresión de aristocracia, libertad de conciencia y las otras libertades revolucionarias: socialismo, comunismo…

   Los hay que sacrifican comodidades, hogar y fortuna: El príncipe Kropotkine da sus bienes a los pobres, el conde Tolstoy se hace mujik; doncellas que entran a las universidades y consagran su vida a la propaganda revolucionaria, afrontando persecuciones y sufrimientos.

   Pueblo capaz de todas las renunciaciones y de todas las energías; de las más fervientes abnegaciones del amor y de las más terribles violencias del odio.

   Mazmorras y látigos por un lado y dinamita por otro. Media Rusia acechaba y perseguía a la otra media Rusia.

 LOS GRANDES MAESTROS DE LA NOVELA RUSA

 

   Nicolás Gogol, padre de la novela rusa. Toda la novela rusa ha salido de “El abrigo”, dijo Tolstoy.

   “Almas muertas” es su obra maestra: Un maniático, especie de Don Quijote, viaja. Este es el pretexto para que Gogol recorra las diferentes clases sociales.

   ¡Claro que lo que infaliblemente encuentra el protagonista en las casas de ricos y pobres, es “la ropa sucia que siempre se lava en casa”! Es una especie de “Diablo Cojuelo”.

   Iván Turguenieuf es el más genuino representante de la generación del 40. Lleno de piedad humanitaria, de dolor por todos los sufrimientos y de generosas ilusiones de redención.

   Cursó en Berlín a Hegel y a Kant; alternó en París con Sand, Flaubert, Zolá y Maupassant.

   La materia habitual de sus narraciones es el aborto de una esperanza. Son aplastantes.

   En “Demetrio Rudine” estudia un caso de abulia, que malogra altas facultades y aspiraciones.

   En “Nido de Nobles”, Lauretzky, traicionado por su esposa, encuentra una joven buena en el campo. Se anuncia la muerte de la infiel; se va a volver realidad su sueño; pero la noticia era falsa y viene la infiel, con hipócrita contrición y deshace todo.

   Esta novela ha hech o llorar como, un siglo antes, “Pablo y Virginia”.

   En “Humo”, el protagonista, al ver el humo de la locomotora, piensa que todo lo humano es humo y principalmente todo lo ruso.

   Fedor Dostoyewsky, el más triste de la más triste literatura.

   Su vida dolorosa está ingenuamente reflejada en su obra. Era histérico y epiléptico con manía persecutoria. Su sensibilidad era tan morbosa como exquisita.

   No parece casarse, sino para hacer sufrir a su mujer y sufrir él con el sufrimiento que le causa.

   Escribe su novela “Pobres Gentes” a los 23 años. Luego él y sus hermanos y 32 más fueron hechos prisioneros y llevados a una ciudadela como sospechosos de complot. A 21 grados bajo cero son sacados a ajusticiar, sin formación de causa: ven los ataúdes.

   En “El Idiota”, el describe estas angustias. Atados ya a los postes, llega el indulto del Zar.

   A pie y con grillos van a trabajos a Siberia. Uno de los reos al ser desatado se había vuelto loco. (El Idiota)

   Cuatro años pasa Dostoyewsky en la prisión de Omsk. (Siberia Occidental) muele yeso y es testigo de todos los horrores. Alguien le da un Evangelio, bálsamo para sus heridas. Allí aprendió la virtud purificadora del sufrimiento, que iba a ser su doctrina estética y moral.

   Aquellos años le inspiraron “La Isla de los Muertos”, el mejor libro ruso, según Tolstoy: el caballero Alejandro es él mismo.

   Aquello es un infierno, todos se odian todos son tratados como bestias, golpes del vigilante, suplicio de las varas, todos los matices de los criminales.

   El nombre de “La Isla de los Muertos”, nos recuerda la carta de San Juan Evangelista en que dice: “El que no ama, está muerto”. En esa isla todos se odian, luego todos están muertos.

   Dostoyewsky a los 33 años tiene que ir en guarnición al Turkestán. Allí conoce a la que ha de ser su primera mujer, y que lo llenará de oprobio, ruina, desilusión y finalmente lo abandonará.

   Muere su hermano y tiene que sostener a su familia; sufre por sustentar a parientes vagos y desocupados: Fiebre de embargos, vencimientos y pagarés.

   Sabe lo que es tener que empeñar los pantalones para comer y pasar noches de ayuno y de vigilia a la cabecera de su mujer enferma.

   Solo en los cinco últimos años de su vida conoció los halagos de la gloria y del bienestar relativo.

   Sus tipos predilectos son “Los Humildes y Ofendidos”, los miserables, los perseguidos por la ley y con preferencia tipos de mentalidad anormal, fanáticos, impulsivos, obsesos por ideas fijas, degenerados, locos, harapos sociales, que acaban en el crimen, la locura o el suicidio.

   “Crimen y Castigo” es el más horripilante y humano estudio de psicología criminal que se ha realizado desde “Macbeth”.

   La minuciosidad de los detalles terroríficos, la atroz clarividencia y la hondura en el análisis de los sucesivos estados de la conciencia criminal, constituye la fuerza espeluznante de la obra.

   La novela provoca una racha de asesinatos.

   Jamás el sufrimiento de un hombre ha sido más fecundo para las letras.

   León Tolstoy. Brilla en la corte y después como un soldado valeroso.

   “Durante 35 años de mi vida,- escribió después en “Mi religión”,-he sido nihilista en la rigurosa acepción de la palabra”.

   Su escepticismo iba a llevarlo al suicidio.

   Un raro cristianismo, sin dogmas ultraterrenos, rebosante de amor a los hombres, que aspira a suprimir el odio, la explotación, la tiranía, la desigualdad, la servidumbre; y predica la mansedumbre, la resistencia al mal, lo convierte en un asceta búdico, infecundo y lóbrego.

   Pretende suprimir las ciudades, las fábricas, los talleres, la propiedad privada, la tutela de la ley, la ilusión del amor genésico, el consuelo de la ciencia, la alegría del arte, los lazos del hogar, hasta la dignidad de la razón, para tornar a una vida rural, ignorante y primitiva, basada sólo en la fe, el altruismo y el trabajo manual.

   Y en su retiro de Lasnaia Poliana vive él esa vida; el maneja el azadón; él remienda su calzado y prepara sus alimentos vegetales.

   Pero su ideal austero mata los goces ordinarios de la vida y las aspiraciones de la civilización.

   Ya no escribe, sino obras de propaganda y autobiografía.

   Aun esa vida le parece demasiado blanda y busca otra más austera y más libre.

   Parte solo en la plataforma de un vagón de tercera. Pero sus 82 años no resisten el viento helado de octubre y muere.

   En “La Guerra y la Paz”, la obsesión de la muerte es su leit motif. Describe allí la alucinación de un herido en el campo de batalla, la horrenda impresión del que se va a morir, de que está muerte ya, en forma tan escalofriante como en “La Intrusa” de Maeterlinck.

   En “Recuerdos de Sebastopol” (personales) analiza el horror y ansiedad que causan las bombas en los combatientes.

   En “La Muerte de Iván Ilucht”. Este, en la gravedad teatral de su cargo, vive desavenido con su mujer e hijos; se siente morir y comprende que los suyos se afligen únicamente porque les faltará el dinero y se ve con horror solo ante el abismo.

   En “Tres Muertes” es la mujer la que se muere. El marido respira por verse libre, y corta el mismo la madera de un árbol para no gastar en el ataúd.

   “Ana Karenina”, pinta la corrompida aristocracia rusa, de la cual él es testigo ocular.

   En la “Sonata a Kreutzer” fustiga al matrimonio, anatematiza el amor fecundo, y pone su ideal en una sociedad de vírgenes: suicidio lento y colectivo de la humanidad.

   En la novela corta “Marido y Mujer” pinta cómo se incuban ya desde la luna de miel, los desencantos inquietantes y malestar que ha de estallar más tarde.

   “Resurrección”: drama angustioso de la mujer caída a quien redime el amor y la fe.

   Es un siniestro pandemónium de la miseria, la crueldad y el dolor entre los hombres, reflejado ya en los detentores  de la ley, el poder y la riqueza; ya en los abismos del vicio y del presidio; ya en las deportaciones siberianas.

   Toda la obra de Tolstoy es un genuino producto de la amargura y desesperación modernas.

   La inflencia contemporánea de Tolstoy y Dostoyewsky es enorme, aunque impalpable y temporalmente oscurecida por el giro ateo que tomó  en todo el mundo el movimiento social,

   “Desde la tragedia griega y salvo la literatura mística, nadie había profundizado en el alma humana como Dostoyewsky y Tolstoy”. (5)

   Los novelistas rusos posteriores a Tolstoy son también lúgubres desolados y rebeldes contra un régimen inicuo: Korolenko, Chejov, los Gorki, Adreiew, Kuprin y otros.

 LA TRISTEZA ITALIANA

                                             

 Un pesimismo enfermo

   No todos los románticos italianos son lúgubres y dolientes.

   Manzoni es equilibrado y sereno.

   Guerrazzi, sí tiene desesperación byroniana y satanismo. Silvio Pellico –“Mis Prisiones”- hace una tristísima elegía, pero sin odio.

   En cambio Giácomo Leopardi es el poeta del dolor por antonomasia.

   No es pesimista, es el pesimismo hecho carne, es la concepción objetiva del universo todo sometido al fatalismo de la desgracia irremediable.

   Es un Schopenhaüer (adelantándosele) en el que hay pleno acuerdo entre la ideación y el sentimiento de la obra. No cabe mayor sinceridad y más triste armonía entre el pensamiento  y la existencia.

   Contrahecho, mezquino y achacoso, hiperestético; delicado, sentimental, no encontró afectos. Hasta su madre le fue desdeñosa y desabrida y quería encerrarlo en un claustro.

   Su nihilismo sería originado no “de por dentro”, sino “por la vida”.

   “Se han considerado mis opiniones filosóficas –escribe a un amigo- como el resultado de mis sufrimientos personales y se obstinan las gentes en atribuir a mis circunstancias materiales lo que sólo se debe a mi entendimiento. Antes de morir quiero protestar contra esta invención de la debilidad y la vulgaridad y rogar a mis lectores que traten de destruir mis observaciones y mis razonamientos, pero que no acusen a mis enfermedades”.

   Así quiere explicar que su pesimismo es la miseria de la vida, y no de “su vida propia”.

   Con razón se le llamó  “El Cisne Negro de Recanati”.

                                           Su poema a sí mismo

                                                           (a se stesso)

 

Ahora descansarás y para siempre,

mi laso corazón. Murió el engaño

que perpetuo juzgué. Murió. Bien siento

que ya de las risueñas ilusiones

no sólo la esperanza, aun el deseo

marchito está. Reposa, que bastante

palpitaste. No valen cosa alguna

tus impulsos, ni es digna de suspiros

la tierra. Aburrimiento y amargura

tan solo es nuestra vida y fango en el mundo.

Tranquilízate ahora. Desespera

por la postrera vez. El Hado sólo

nos otorga el morir. Ahora desprecia

a la natura y el mezquino

poder oculto influye en nuestro daño

y esa infinita vanidad de todo.

                                                           (Trad. Maristany)

   ¡L’infinita vanitá del tutto!

   ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!

                                                                   (Eclesiastés)

   “Los hombres, dicte, son malos por naturaleza, pero gustan de creer que han llegado a serlo por accidente.”

   El progreso como todo es un mito.

   “Nostra vita a che val”? Solo a Spregiarla!

   El hombre es nada y todo se resuelve en la nada.

   Sabrá cantar: “La gentileza del morire”.

  LITERATURA NÓRDICA

                                        

               Tristeza inmisericorde con drama interior

 

   Nada más triste y sombrío que esta literatura del Septentrión, yerta y desolada como la estepa rusa cubierta de nieve o como los congelados fiordos noruegos; temerosa e intrincada como un bosque germano; oscura, nebulosa y plomiza como cielo boreal.

   En el teatro, la ideación sustituye a la acción y a la pasión, como elemento dominante.

   El francés Palante, llama pesimismo racional al pesimismo de Maeterlinck e Ibsen.

   Mauricio Maeterlinck: Estética de ansiedad y terror, mundo íntimo de angustias y terrores sin causa, de acciones sin objeto, de atracciones irresistibles de influjos distantes, de intuiciones extrañas.

   “La Intrusa” (la muerte): Una sola escena, a la luz de la lámpara, en una sala sombría de un viejo castillo. Vela la familia mientras agoniza la madre en la estancia contigua. El abuelo ciego, presiente una desdicha, se tiene la sensación de un silencio absoluto. Conversación nada preparada.

   Al sonar la campanada última de las doce todo parece estremecido por la visita de alguien invisible y aterrador.

   Los ruiseñores callan, de pronto los cisnes se espantan, agazápase el perro en su cuchitril, las rosas se deshojan, la lámpara se apaga, el viento gime, en el jardín no ha entrado nadie, se ha sentido el paso inmaterial de la “Intrusa”.

   Procedimientos análogos observamos en “Los Ciegos”.

   Aquí tenemos también el principio de la literatura de suspenso, que Alfred C. Hickoc, llevó con todo éxito a la pantalla.

LA DRAMATURGIA NORUEGA

Lo que en Maeterlinck es el misterio, en el teatro escandinavo y germano son los conflictos de la vida interior y las luchas del hombre contra la sociedad.

   En esta dramaturgia, la tragedia estalla de ordinario dentro de las almas. Sus personajes influidos por esta filosofía individualista, luchan por extender su personalidad más allá de las trabas sociales; pero todos sufren las torturas de nuestra edad.

   Noruega es un moderno plantel de esta literatura reconcentrada y agriamente demoledora.

   Se ha buscado en la naturaleza del territorio su explicación.

“Noruega –dice el español José Pablo Rivas- es un país azotado continuamente por la lluvia; de bosques frondosos e impenetrables y envueltos siempre en bruma. Las olas han cincelado toda su costa como dientes de una sierra. La tempestad es su asidua visitante. En invierno en el Sur anochece a las tres, y en el Norte la noche es eterna”.

   “Se vive casi siempre recluido en el hogar, bajo la luz de una lámpara. La nieve lo envuelve todo en su blanco sudario y los sombríos bosques de abetos contribuyen a ensombrecer el luctuoso y tétrico paisaje”.

    “Los navíos extranjeros deslizándose en el fondo de los fiordos insinúan allí, de cuando en cuando, la quimera del sol de oro y el mar libre. Están enfermos de la lluvia eterna y de la inútil esperanza”.

   La literatura en donde las ideas tienen una controversia perpetua, donde la conciencia riñe sus más grandes batallas, es la que nace en el seno de aquella adusta y tétrica naturaleza.

   Henrik Ibsen sentía, como ha dicho él mismo: “Una necesidad ridícula de estar triste”.

   Quiso amar y no pudo, y no fue amado.

   Sus críticas a ideas, personas y instituciones las fabrica en torno a una sociedad hostil.

   Dirigiendo varias compañías teatrales, luchaba contra todos. En política quiere una Noruega independiente y democrática a la francesa.

   En 1864, su drama “Los Pretendientes de la Corona”, lo obliga a expatriarse.

   Viaja por Austria, Alemania, e Italia. Ya viejo regresa. En el destierro compone lo más sustancial de su obra.

   Nadie como él plasmó toda la angustia y el dolor de la tristeza.

   El humor taciturno del poeta dimana de que diluye su vida en sus ideas. Es el más pensador de todos los poetas (aquí nace la literatura de Tesis). También es el prototipo de la amargura inmensa y sin límites.

   Destruye hasta sus cimientos la ética tradicional.

   En “La Comedia del Amor”, en “Casa de Muñecas”, en “Espectros” fustiga al matrimonio.

   En “Brand” la iglesia del Estado, en “Los Puntales de la Sociedad” la sociedad burguesa de su país.

   Cuanto toca queda destruido, sin que, sobre los montones de ruinas, se vea aparecer ninguna forma nueva de organización social.

   Todos sus héroes son tristes y agitados. La religión, la patria, el gobierno, el  hogar, la maternidad y el amor se le ofrecen como conceptos en crisis, lazos de hierro que oprimen al ser humano y que es preciso romper, renovar o ensanchar para conseguir la liberación individual, la plena soberanía del yo.

   Este es el ideal más alto, pero tan difícil e inasequible que muchos de los que escalan la cima sienten el vértigo y ruedan al abismo como “Halvard Solness” desde la torre que él construyó por sugestión de Hilda; o como “Rubeck e Irene” sucumben precipitados por un alud de nieve cuando escalan la cumbre del monte para celebrar allí sus nupcias, en “El Despertar de nuestra muerte”.

   Y así, en nombre de su personalidad aherrojada, Hedda Gabler se suicida por no vivir a merced del hombre oscuro que la atormenta con la posesión de un infamante secreto, y “Regina” en “Los Espectros”, para defender su derecho a la alegría de vivir, huye de casa de la Sra. Alving, donde pretende convertirla en enfermera de su hermano infeliz, el epiléptico Oswaldo y “Nora” en “Casa de Muñecas” abandona a su esposo y a sus hijos cuando se convence que su casa no es más que una casa de muñecas y que ella no es más que un bibelot, un objeto de adorno y placer.

   En estos dramas sombríos que rugen por dentro de las almas y se traducen en escasa acción externa, el individuo lucha furiosamente contra la sociedad, contra el determinismo cruel de la patológica ley de la Herencia inventada por Zolá.

 EL ROMANTICISMO FRANCÉS

                                                      

                                                        De sus doce características:

                                                                   tres son de ultratumba.

 

   El renacimiento y, sobre todo, la edad media vista desde su más lúgubre y tormentoso aspecto, fueron las épocas preferidas para la exhumación histórica que practicó el romanticismo.

   Aunque el Romanticismo nació en Alemania en 1830, aquí solo hablaremos del más furibundo romanticismo francés, cuyo tema principal es la glorificación de presidiarios, libertinos, asesinos, rameras, náufragos de la vida de toda catadura, prófugos de todas las leyes.

   Frente a esta mitad del género humano, los detentores de alguna autoridad, o disciplina política, moral, religiosa o intelectual: reyes, sacerdotes, jueces, soldados, gendarmes, maridos, esposa legítima, son la hez de la sociedad.

   La más terrible protesta está en Chatterton de Vigny y Antony de Dumás y en todas las novelas de Sand y Sué.

   Jorge Sand, Aurora Dupin, baronesa de Dudevant.  Viva encarnación femenina del romanticismo, que proclama sobre toda ley jurídica o moral, los derechos del yo.

   Un matrimonio infeliz. Fuga a París, vestida de hombre y ya sin el apellido, se da la la bohemia del barrio latino. Aventura con Musset.

   “Magda” de Sudermann y “Nora” o “Hedda Gabler” de Ibsen, no son sino débiles ecos de las heroínas de Sand.

   Ella se adelanta también a los rusos para interesarse por los miserables y pinta en tonos amargos sus dolores.

   Primero escribe novelas personales; Lelia, Indiana, Valentina, Jacobo. Moral individualista y revolucionaria.

   Como Musset, canta el derecho a la pasión. Desde 1830 es socialista: La Condesa de Rudelestat. El compañero de la torre de Francia.

   “El Dios que tú y yo adoramos –dice Ralph a Indiana, proponiéndole el suicidio de ambos- no ha destinado al hombre a tantas miserias, sin darle el instinto de evitarlas; y, a mi parecer, la principal superioridad del hombre sobre el bruto, estriba en comprender dónde está el remedio de todos sus males: El suicidio”.

   Sué en sus Misterios de París hace que el conde de Saint Remy obligue a su hijo a suicidarse para evitar una vergüenza.

   Según el censo oficial de 1850, los suicidios en Francia eran de 1.7% hasta 1830. Aumentaron a 4.4% en 1846-50.

   Familia, matrimonio, tutela del padre o del marido, fidelidad conyugal, propiedad, desigualdad de fortuna o de clases, arranca a estos autores románticos violentas diatribas.

   “Adriana” en el Judío Errante dice que “la esposa está reducida a una imbecilidad incurable por la degradante tutela del marido.

   A Víctor Hugo, la vida le ofreció sus dones a manos llenas. Los tonos sombríos de su romanticismo hay que buscarlos esparcidos en sus dramas y novelas.

   Notre Dame es la creación de Hugo más pesimista: Presenta como solo lo podrá hacer años después Dostoyewsky, el análisis psicológico perfecto y científico de la pasíon amorosa que Claudio Frollo siente por la gitanilla.

   Algunas novelas de Hugo, también lóbregas: historias tétricas de personajes terribles y monstruosos: el enano de Bug Jargal, el antropófago de Han de Islandia; terribles páginas de Historia, como El 93; relatos espeluznantes: como El último día de un condenado a muerte.

   Las luchas tremendas y dolorosas del individuo aislado centra la hostilidad impecable de la naturaleza o de la sociedad: Trabajadores del mar, Los Miserables.

 LA TRISTEZA REALISTA DE LA VULGARIDAD COTIDIANA

                                                                                                         

La realidad enferma

                                                                                                                                             es causa de tristeza

 

   El realismo es algo nuevo en la historia, pero un algo exterior y objetivo.

   El realismo mira cara a cara a la realidad entera, sin las trabas, cortapisas, y convencionalismos de los clásicos o románticos y al encararse con la realidad, la encuentra fea, mala, injusta, cruel.

   Sin alaridos, imprecaciones, ni soliloquios románticos, da quizá una impresión más negra, más abrumadora.

   No procede de una sensibilidad exasperada y sufriente, sino de una inteligencia lúcida que ejerce su clarividencia crítica sobre los lados feos de nuestra especie.

   “Los literatos del Realismo –dice Bordeux- gustaron verdadera voluptuosidad en sorprender a los hombres en flagrante delito de ignominia”.

    Stendhal (Enrique Beyle): Filosofía agresivamente atea, espíritu sensitivo analizador y misantrópico. Infancia triste y atormentada adolescencia. Huérfano de madre, él y su padre se odian. Soldado de Napoleón: ve de cerca ferocidades y egoísmos.

   “Se inclina –dice Meléndez y Pelayo- al estudio de lo más monstruoso y excéntrico, al cultivo de las rarezas psicológicas, de las infamias preternaturales e inusitadas, de todos los casos raros de clínica mental”.

   Honorato de Balzac, es la cumbre y la personificación de la escuela.

   Es el primero en el determinismo filosófico: El hombre está sometido a las leyes de la animalidad y del medio.

   Gustavo Flaubert. Si Stendhal echa los cimientos en el edificio de la novela realista y Balzac es el titán que la alza de una vez sobre sus hombros atléticos, Flaubert es el alarife exquisito que la cincela con primores de encaje.

   Odia al burgués, al hombre sin imaginación, ni ideal, que vive groseramente al ras de la tierra.

   Tradicionalista y monárquico se ahoga en la atmósfera plebeya y democrática actual.

   Su tema es sobre todo contra los tontos. “Los imbéciles –dice Zolá- son para él enemigos personales a los que trata de aniquilar”.

   Para muestra: Madame Bovary, es la novela del tedio provinciano y la novela del adulterio. Emma, alma soñadora, nutrida con románticas lecturas, esposa de un mediocre médico rural que la ama, pero que no sabe, con su vulgaridad, hacerla dichosa. Se ahoga en el ambiente ramplón de la provincia. Sueña con idilios poéticos y romancescas aventuras. Cae en brazos de uno y de otro amante, sin gustar, sino la decepción del ensueño frustrado, el vacío abandono egoísta y el torcedor de la culpa.

   Busca y no halla consuelo en la religión… un puñado de arsénico…

 EL SUBREALISMO DE ZOLÁ

                                                

                                                 Lo más bajo de la realidad:

                                                                  naturalismo

 

   Emilio Zolá, padre del fatalismo determinista: El hombre es esclavo del medio y de la herencia o el hombre es un producto de la fisiología.

   Persiguiendo este filón humano llega a los más bajos fondos de la vida animal o biológica exclusivamente.

   Revuelve todas las heces y todos los detritus, explora todas las gangrenas y estudia científicamente ese mundo anormal de la neurosis y la depravación.

   Balzac y Flaubert habían exhumado las miserias de la vida cotidiana y vulgar; pero Zolá suprime de golpe toda la mitad noble y honrada del género humano reduciendo su pretendida observación y experimentación a la otra mitad: la enferma, la abyecta y desequilibrada: La Bestia humana que da título a una de sus novelas está en el fondo de todos nosotros.

   Su pintura minuciosa, sin retroceder ante lo bajo e inmundo es la aspiración y el regodeo del novelista.

   Su pesimismo, tal vez el más espantoso porque no se funda en vagas melancolías, no en concepciones abstractas, como el nihilismo de Leopardi, ni en delirios macabros al estilo de Baudelaire, sino en tipos y escenas de la realidad con verismo palpitante.

   Las novelas de Zolá, agrupadas en series, abarcan todos los aspectos, lugares, clases y esferas sociales, medios, tipos, profesiones, costumbres y anhelos de la sociedad.

   Los Rougon Macquart son un copioso archivo de todas las ignominias de Francia bajo el segundo imperio.

   Londres, París, Roma, tratan de hacer ver el envilecimiento en las grandes ciudades y la explotación encubierta por el fanatismo.

   Examinando sus novelas vemos en Potbuille: todos los vicios acumulados e hipócritas de la burguesía; en L’Argent: agiotismo y pasión del oro; en L Assomoir: suburbios de París, prenderías, lavaderos, y tabernas y los efectos terribles del alcoholismo.

   Au Bonheur des Dames nos enseña los grandes establecimientos de París. El Vientre de París: los mercados. Germinal: horrores de la mina, grito de guerra por la redención del proletariado.

   Trabajo: El infierno y explotración en una gran fábrica.

   Tierra: Miseria, crímenes y abominaciones en el campo.

   Naná: completa galería de perversiones y estragos del vicio.

   La Debacle: Fracaso militar y político de la Francia Imperial con espeluznantes relatos de guerra y el bochorno de la derrota.

   Abundan las escenas horribles: de hambre, en Germinal: de delirium tremens en Assomoir; de parricidio en Tierre y luego incendio a la cabaña para disimular el crimen.

   Como sin no bastara pintar horrores individuales, fabrica tipos con muchos personajes acumulados.

   “Es como si Zolá hubiera volcado todo el contenido de todas las cloacas de Francia en un solo corral, a fín de demostrar que todos los corrales de Francia eran verdaderas cloacas”.  (dice Francis, Gible).

EL SATANISMO FINISECULAR

                                              

                                                         El peor de los grupos modernistas 1880-1890

 

   Cada fin de siglo es inevitable (lo estamos viviendo) que se hable del fin del mundo y que se algunos autores se revuelquen en el satanismo.

   Charles Baudelaire: Si Leopardi es el cantor del pesimismo, Baudelaire es el cantor de la muerte.

   Personifica toda aberración, toda monstruosidad y extravagancia.

   Lo bueno, lo alegre, lo normal están más lejos de él que de nadie.

   No tuvo grandes infortunios; pero sí educación católica y buena familia. Tiene mucho de “pose” pero también de anomalía natural. “No se cultiva la histeria –como el dice- sino cuando ya se tiene”. Opio, hashish, muere loco y paralítico.

   Para Max Nordeu es un degenerado, son rasgos clínicos las complicadas aberraciones de sus predilecciones.

   Aborrece el movimiento, la vida, sueña con el silencio eterno, simetría y artificio; ama la enfermedad, la falsedad, el crimen. No le excita ya, sino lo contrario a la naturaleza.

   Dirige sus oraciones a Satán y aspira al infierno. Amaba a los gatos negros porque veía algo infernal en sus ojos.

   Sus letanías a Satán:

¡Oh tú, el mas bello y más privado de alabanzas!

¡Oh dios a quien la suerte truncó las esperanzas!

¡Satán, apiádate de mi larga miseria!

¡Gloria a ti y alabanza, Satán en las alturas!

Del cielo en que reinaste y gloria en las negruras

del infierno en que sueñas silencioso y vencido.

Haz que un día mi espíritu repose complacido contigo,

bajo el árbol de la ciencia ¡Oh, Satán!

Cuando moderno templo tus ramas abrirán.

                                                                       (Trad. Marquina)

   Este diabolismo no es naturalmente, sino una desviación de sus tendencias místicas.

   Soñaba con un mundo de metal y vidrio, sin sol, ni planetas.

   Le sacaba de quicio una mujer con cosméticos.

   “Puede decir como las brujas de Macbeth –observa Goutier- lo bello es horrible, lo horrible es bello”.

   Pero su tema favorito es la muerte. Aparte de Flores del mal, escribió un ensayo psicológico y literario sobre los efectos del opio y el hashiss: Los paraísos artificiales.

   Jean Richepin, si hacemos excepción de Baudelaire, será difícil hallar poeta más pesimista, audaz y debelador.

   Se hizo popular con la Canción de los Vagabundos que le valió una multa y un mes de prisión.

   Otra de sus obras, Las Blasfemias es un alarde blasfematorio al que ni antes ni después llegó hombre alguno, contra todo lo santo, noble y puro.

   “La vida, dice, es una borracha, que aúlla y rueda en el infinito, sin saber cómo, ni porqué.

   En la serie Sonetos Amargos escarnece la paternidad y la maternidad.

   Sus novelas y su teatro son igualmente sucios y satánicos.

CONCLUSIÓN

  

   Así hemos llegado al fin de este ensayo y hemos palpado, que la tristeza, desesperada y angustiosa está muy presente en un alto porcentaje de la Literatura Occidental Contemporánea.

   Dios que permita tantos sufrimientos, con puede ser que exista, es a la conclusión que llega Jean Paul Sartre. NO es posible que un ser infinito contemple impávido tanto mal.

   Puesto que nadie puede probar que Dios no exista, ya es posible que exista.

   Démosle pies a Dios la oportunidad, que se le brinda a todo reo en el banquillo de los acusados.

   Dios se pone de pie y nos dice:

-¿Qué te he hecho yo, pueblo mío?

¿En qué te he ofendido? Contesta.

¡Es porque te he dado la tierra entera, con sus riquezas, su trigo, sus viñas, su carbón, su petróleo, sus átomos?

En vez de distribuirlos los acaparas y a continuación los usas para hacer la guerra, con lo que los malbaratas y los destruyes.

-¿Qué te he hecho yo, pueblo mío?

¿En qué te he ofendido? Contesta.

¿Es porque te he dado un cuerpo, para que fuera portador del espíritu y pudieras comunicar a los demás tus pensamientos, tus sentimientos y tus acciones, tres cosas de valor infinito?

Y te sirves de él como instrumento de pacer para ti y tortura para los demás. Con tus excesos lo enfermas, lo emborrachas lo narcotizas.

-¿Qué te he hecho yo, pueblo mío?

¿En qué te he ofendido? Contesta.

¿Es porque te he dado la palabra que te sirve para comunicarte con los demás?

Y te sirves de ella para mentir y ocultar el pensamiento que hay en tu corazón.

-¿Qué te he hecho yo, pueblo mío?

¿En que te he ofendido? Responde.

¿Es porque yo el creador, he venido a la tierra a vivir entre los hombres como un simple carpintero de manos toscas y callosas?

Y tu me has atravesado las manos y me has clavado en una cruz.

                                                    LAUS DEO

                                              Por Alberto Estrada Quevedo

                                              Junio de 1993

 

 

                                                                

 

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